Menos de uno de cada diez de los miles
de artículos sobre el atentado contra el edificio del
gobierno federal de EE.UU. en Austin el jueves pasado contienen
referencias al concepto de “terrorismo”. Sólo
dos de cada 100 mencionan la similitud del brutal crimen cometido
por Joseph Stack con la masacre perpetrada por Timothy McVeigh
en Oklahoma, en 1995. Las estadísticas provistas por un
buscador de noticias pueden no ser científicamente exactas,
pero ratifican la primera impresión de quien se entera
de los hechos a través de medios estadounidenses: el periodista
con gatillo fácil para disparar el adjetivo “terrorista” al
referirse a actos violentos cometidos por extranjeros (sobre
todo cuando el tipo étnico, cultural o religioso es distinto
del que el mainstream periodístico considera “estadounidense”),
se esmera en ahorrárselo cuando se trata de un ingeniero
informático que toca en una banda de rock.
Por el momento, Gail Collins, de The New York Times, es la única
en la prensa escrita que llama la atención sobre el clima
político en el que se hacen probables actos de brutalidad
como el sucedido en Texas y llama por su nombre a tres referentes
del Partido Republicano. Porque a nadie escapa que si los motivos íntimos
de Stack para convertirse en kamikaze son irreproducibles, el
clima que le permitió articular la explicación
de lo que hizo en el manifiesto que publicó antes del
ataque es responsabilidad de una parte de la clase dirigente
que viene j ugando con ideas autodefinidas como “libertarias” que
postulan el exterminio del gobierno. McVeigh, antes que él
Theodore Unabomber Kaczynski y ahora Stack inscriben patologías
propias en un relato que tiene aceptación en vastos sectores
de la ciudadanía y que es la codificación discursiva
aceptada por todo republicano que aspire al apoyo de la base
extremista de su partido.
Aceptar con naturalidad que Stack ejerció un acto de
terrorismo obligaría a poner en cuestión la legitimidad
de discursos políticos que hoy circulan libremente en
la prensa y en la academia estadounidenses. Por eso la crítica
de Collins, que uno estaría tentado de considerar valiente
en su contexto, se detiene en el escarnio individual de tres
republicanos que lo merecen, pero se detiene antes de preguntarse
cómo EE.UU. ha llegado a este punto. Las calcomanías
con la leyenda “Provida, proarmas: anti-Obama” que
se ven en las camionetas más voluminosas en las autopistas
se leen ominosas a la luz del acto de Stack, pero reverberan
como enceguecedoras amenazas cuando se lee el tratamiento con
guante de seda de su crimen terrorista por la mayoría
de los medios.
El discurso antigubernamental que adorna la cobardía
de estos terroristas domésticos no es moralmente superior
al fanatismo religioso de otros terroristas, pero hay algo de
profundamente perturbador en las respuestas de varios transeúntes
interrogados en las calles de Austin por las cadenas de televisión,
que se manifestaban casi aliviados al saber que el autor del
crimen no había sido un yihadista. Esa falta de conciencia
colectiva del huevo de la serpiente que anida en casa, esa exorcización
del mal en los bárbaros e infieles, es una indicación
de que hay un país indefenso ante la amenaza terrorista
más letal a la que tal vez esté enfrentado. |