El terrorista invisible
de Texas
por Gabriel Puricelli*
Menos de uno de cada diez de los miles de artículos sobre
el atentado contra el edificio del gobierno federal de EE.UU. en
Austin el jueves pasado contienen referencias al concepto de “terrorismo”.
Sólo dos de cada 100 mencionan la similitud del brutal crimen
cometido por Joseph Stack con la masacre perpetrada por Timothy McVeigh
en Oklahoma, en 1995. Las estadísticas provistas por un buscador
de noticias pueden no ser científicamente exactas, pero ratifican
la primera impresión de quien se entera de los hechos a través
de medios estadounidenses: el periodista con gatillo fácil
para disparar el adjetivo “terrorista” al referirse a
actos violentos cometidos por extranjeros (sobre todo cuando el tipo étnico,
cultural o religioso es distinto del que el mainstream periodístico
considera “estadounidense”), se esmera en ahorrárselo
cuando se trata de un ingeniero informático que toca en una
banda de rock.
Por el momento, Gail Collins, de The New York Times, es la única
en la prensa escrita que llama la atención sobre el clima
político en el que se hacen probables actos de brutalidad
como el sucedido en Texas y llama por su nombre a tres referentes
del Partido Republicano. Porque a nadie escapa que si los motivos íntimos
de Stack para convertirse en kamikaze son irreproducibles, el clima
que le permitió articular la explicación de lo que
hizo en el manifiesto que publicó antes del ataque es responsabilidad
de una parte de la clase dirigente que viene j ugando con ideas autodefinidas
como “libertarias” que postulan el exterminio del gobierno.
McVeigh, antes que él Theodore Unabomber Kaczynski y ahora
Stack inscriben patologías propias en un relato que tiene
aceptación en vastos sectores de la ciudadanía y que
es la codificación discursiva aceptada por todo republicano
que aspire al apoyo de la base extremista de su partido.
Aceptar con naturalidad que Stack ejerció un acto de terrorismo
obligaría a poner en cuestión la legitimidad de discursos
políticos que hoy circulan libremente en la prensa y en la
academia estadounidenses. Por eso la crítica de Collins, que
uno estaría tentado de considerar valiente en su contexto,
se detiene en el escarnio individual de tres republicanos que lo
merecen, pero se detiene antes de preguntarse cómo EE.UU.
ha llegado a este punto. Las calcomanías con la leyenda “Provida,
proarmas: anti-Obama” que se ven en las camionetas más
voluminosas en las autopistas se leen ominosas a la luz del acto
de Stack, pero reverberan como enceguecedoras amenazas cuando se
lee el tratamiento con guante de seda de su crimen terrorista por
la mayoría de los medios.
El discurso antigubernamental que adorna la cobardía de estos
terroristas domésticos no es moralmente superior al fanatismo
religioso de otros terroristas, pero hay algo de profundamente perturbador
en las respuestas de varios transeúntes interrogados en las
calles de Austin por las cadenas de televisión, que se manifestaban
casi aliviados al saber que el autor del crimen no había sido
un yihadista. Esa falta de conciencia colectiva del huevo de la serpiente
que anida en casa, esa exorcización del mal en los bárbaros
e infieles, es una indicación de que hay un país indefenso
ante la amenaza terrorista más letal a la que tal vez esté enfrentado.
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*Gabriel Puricelli es Co-coordinador del Programa de Política Internacional, Laboratorio de Políticas Públicas.
Publicado el martes 23 de febrero en el diario argentino "Crítica".
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