El ratón y la baronesa
por Gabriel Puricelli*
Sin que ello implique ningún tipo de juicio personal sobre
su nuevo presidente, se podría decir que el Consejo Europeo
parió un ratón. El encuentro de los veintisiete jefes
de gobierno del Viejo Continente había arrancado con todo
el dramatismo de aquello cuyo desenlace se desconoce, haciendo subir
la tensión, la expectativa y las apuestas. Sin embargo, horas
después, la Europa conservadora eligió un conservador
y la potencia económica dio otra señal de que se contenta
con ser una enana en el juego de poder internacional.
La elección de Herman Van Rompuy vino a satisfacer en primer
lugar dos demandas muy modestas: la de Angela Merkel de ver en el
flamante sillón presidencial a un correligionario democristiano
y la de Nicolas Sarkozy, de ver sentado allí a alguien que
habla un francés fluido. Nadie que proyecte sombra sobre los
líderes de Alemania y Francia. Nada mejor para apurar el consenso
alrededor de esa opción que el fantasma de un Tony Blair reloaded
que agitaban desde las islas británicas. Pero claro, ni los
británicos podían irse con las manos vacías
ni la Unión Europea podía apartarse del férreo
pacto de punto fijo que le cede a la segunda minoría el segundo
sillón que haya que llenar. Y si pocos conocían fuera
del Benelux al hasta hoy primer ministro belga, pocos fuera de las
oficinas de la UE en Bruselas o de los recintos del gobierno de Isabel
II en Whitehall habían oído hablar de la baronesa Catherine
Ashton, flamante Alta Representante para la Política Extranjera
y de Seguridad Común (PESC). Laborista y a más, mujer,
bastó con que resolviera el problema de las cuotas para que
el Partido del Socialismo Europeo la prefiriera a un fino y curtido
Massimo D’Alema, que contaba con el apoyo de su país,
pero estaba condenado por las reglas del juego.
Poco se conmoverá el mundo con esta decisión que salvaguarda
la proyección internacional de aquellos países miembros
de la UE que conservan alguna desde la posguerra y mucho tardará en
reconocer a Van Rompuy y Ashton en las fotos de grupo del G-8 o del
G-20. Tal vez no cabía esperar otra cosa como resultado del
accidentado proceso que enterró la Constitución Europea
y alumbró con trabajo el Tratado de Lisboa, que creó los
cargos que se colmaron ayer. Tal vez sea determinista pensar que
un espacio económico, geográfico y demográfico
del tamaño de la Europa de los 27 puede jugar un rol en la
definición de un orden mundial más multipolar y equilibrado.
Visto desde América latina, no se puede presumir que el dúo
en la cima de Europa sepa mucho de la región ni de la potencialidad
que tendría una asociación birregional. Desde la Argentina,
una “señora PESC” del Reino Unido no augura a
priori mejores oídos para la cuestión de la soberanía
y la explotación de los recursos en el Atlántico Sur.
Bruselas está servida para los que odian las sorpresas.
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*Gabriel Puricelli es Co-coordinador del Programa de Política Internacional, Laboratorio de Políticas Públicas.
Publicado en el diario argentino Página 12, el 20 de noviembre
de 2009.
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