Cuando, en 1537, se decretó en la Encíclica Sublimis Deus que establecía que los indios tenían alma, el Papa Paulo III abrió un largo proceso histórico que se cerró, en el 2005, con la elección del primer presidente indígena de un país, Evo Morales, en Bolivia. Con el 62% de la población indígena, Bolivia es uno de los países de América Latina más ricos en recursos naturales y uno de los más pobres. Este contraste, que por cierto, caracteriza a muchos otros países del hemisferio Sur, bastaría para hacer un juicio sobre el “modelo de desarrollo” que el colonialismo y el capitalismo impusieron a la gran mayoría de la población del mundo en los últimos cinco siglos. Sin embargo, mejor que los juicios éticos, son las resistencias y las alternativas de los nuevos actores sociales y las nuevas prácticas transformadoras las que hablan, testimoniando por doquier. Aprovechando la oportunidad histórica que le fue dada por el imperialismo norteamericano en la última década, al concentrarse en las riquezas petrolíferas del Oriente Medio, América Latina está hoy al frente de la reinvención del Estado, de la democracia y de la izquierda, y Bolivia es tal vez el país más avanzado en este dominio. No deja de ser sintomático que sean los excluidos de los excluidos, los pueblos indígenas, los protagonistas de este proceso.
Luego de dos semanas de trabajo intenso con los líderes de los movimientos indígenas, de campesinos, de mujeres y diputados de la Asamblea Constituyente abocados en la refundación del Estado boliviano, he llagado a la conclusión que el gran problema de la izquierda europea y norteamericana reside en que continúa pensando en términos de teorías que fueron desarrolladas en seis países del hemisferio Norte (Inglaterra, Alemania, Francia, Italia, Unión Soviética y EEUU), mientras que las prácticas de las transformaciones sociales más innovadoras se están llevando a cabo en el hemisferio Sur. Esta divergencia, que produce una ceguera arrogante y una inercia disfrazada de complejidad, va durar mucho tiempo, mientras la idea de progreso continúe impidiendo a los países más desarrollados aprender con los países menos desarrollados. El costo mayor de todo esto, quizás sea dificultar la emergencia de formas no colonialistas de solidariedad entre las fuerzas progresistas del Sur y del Norte. Como me decía una gran líder indígena: siempre miramos hacia Europa como una alternativa posible, sin embargo, con tristeza, verificamos que ya ni siquiera se confía en el modelo socialdemócrata europeo; por lo que se ve, la diferencia entre la derecha y la izquierda europea, es la elección por una privatización más o menos salvaje de los servicios públicos, siendo así sorprende que no se vea una relación entre esta política y el aumento de la criminalidad, de la desigualdad social, de la corrupción y del racismo.
El proceso boliviano es frágil y su final incierto. En Santa Cruz de la Sierra, centro del capitalismo agrario, pude ver a diputados constituyentes indígenas ser insultados y agredidos por grupos de extrema derecha. Lo que me impresionó de la actitud de estos diputados fue que, en contraste con la izquierda europea hegemónica, son militantes de causas, no funcionarios de cosas.