Bolivia cambió tras las elecciones de 2005 y 2006 y nunca más será la misma. Y esto es debido a una cuestión fundamental: estas elecciones cuestionaron lo profundo de un orden colonial de dominación existente desde las entrañas del Estado. Si bien durante todo el siglo XX (y también con anterioridad) la sociedad boliviana resistió de muchos modos las distintas dominaciones, fue en el 2005 cuando un indio, un sujeto colonial que representa históricamente la marginalidad y la opresión, llega a la presidencia de la República. Un acontecimiento excepcional.
Se desata así un proceso preñado de conflictos, ya que los actores del viejo orden no están dispuestos ni siquiera al juego democrático de las alternancias propias de las democracias maduras. El sistema de poder consolidado hasta ese momento percibió una amenaza a sus ancestrales privilegios y desplegó un arsenal de dispositivos como protestas, desobediencia civil, declaratorias de autonomías departamentales para no perder sus espacios. De este modo, echó mano al discurso y a los procedimientos de la democracia para disfrazar sus viejas prácticas sociales colonialistas rayanas en lo racista.
Pero la consigna de la “defensa de la democracia” por parte de los prefectos insurgentes de los departamentos de “la Media Luna” encierra una trampa que el gobierno de Evo Morales está tratando de desnudar y evitar: la democracia es el gobierno de las mayorías que las minorías (respetadas) respetan, ellos (los prefectos) son minorías y tienen que aceptar las decisiones mayoritarias. Pero no lo hacen y, por el contrario, insisten en asumir la posición de víctimas.
La propuesta del gobierno nacional consiste en una sociedad de iguales, sin jerarquizaciones dadas por las razas, los orígenes sociales, el género o las posiciones económicas. Para lograrla se necesita romper un orden de más de 500 años que fue resistido con diversas intensidades: desde las rebeliones de Tupac Katari en el siglo XVIII hasta los movimientos sociales campesinos, mineros, indígenas del siglo XX y el ciclo de rebeliones que comienza con la Guerra del Agua en el 2000. Sólo en pocas ocasiones se lo hizo desde el Estado.
La propuesta mayoritaria representada, además, en la Asamblea Constituyente reside en la ruptura del orden colonial mediante el diseño de un Estado Plurinacional, Unitario (preservando la integridad territorial) y Comunitario en el cual se expresen la diversidad y pluralidad cultural. Es decir un diseño que incluye desde las particularidades de las regiones más “modernizadas” (occidentalizadas) de los departamentos en disputa hasta las singularidades de las vastas regiones comunitarias, con fuertes cosmovisiones indígenas, campesinas, populares, urbanas (El Alto, por ejemplo), etc. Pero además este nuevo diseño supone el respeto incondicional y permanente a estos mundos mayoritarios y preexistentes, a la Bolivia mestiza.