Nº 17 - 16 de enero de 2008
 

 

   
 

Otra Colombia es posible

 
 
Emir Sader
 
     
 

Recuerdo la preocupación de García Márquez cuando veía lo que sucedía en Argentina en 1977, temiendo que Colombia se fuera a transformar en otra Argentina. Él aún no había recibido el Premio Nobel –que elevó el nombre de su país al contexto mundial– ni se daba cuenta del camino por el que se había enrumbado Colombia.

Tres décadas después, su nación continúa siendo uno de los epicentros de la “guerra infinita” del gobierno de Bush. Álvaro Uribe es producto de esa política –de los aliados más estrechos entre los pocos con que cuenta el belicismo en América Latina. Uribe fue electo bajo la promesa de ejercer con“mano dura”, de buscar una solución “a la iraquí” para Colombia, considerando que las iniciativas pacificadoras de los presidentes anteriores habían fracasado.

El país, cansado de la violencia, observó a un presidente –connivente con los grupos paramilitares y, por conducto de ellos, con los cárteles del narcotráfico– concentrar los recursos militares, puestos a su disposición por el gobierno estadounidense, en operaciones militares, supuestamente como vía para el triunfo de la democracia. El aislamiento de las guerrillas favoreció su consolidación y al igual que otros presidentes neoliberales del continente, como Fujimori y Cardoso, cambió la Constitución del país durante su mandato para reelegirse –y ahora intenta conseguir un tercer mandato. Él ejecuta una política interna ortodoxamente neoliberal, sin darse cuenta del agotamiento de ésta en todos los países del continente. Llevó a la práctica una política represiva que afectó claramente los derechos democráticos de la población, contando en gran medida –como sucede con todas las políticas antipopulares en la región– con la anuencia de la oligarquía. Se aisló de los procesos de integración regional e intentó firmar un tratado de libre comercio con Estados Unidos; no pudo conseguirlo por las restricciones que el Partido Demócrata interpuso ante las precarias condiciones de los derechos humanos en Colombia.

Uribe no quiere que continuar el intercambio de retenidos por las FARC por prisioneros de su gobierno. Su apoyo interno depende de la satanización de la insurgencia, lo que le permite aparecer como el hombre del “orden”. Cuando se reeligió, tuvo como principal opositor a Carlos Gaviria, candidato del Polo Democrático, agrupamiento de izquierda que desbancó a los partidos Liberal y Conservador, presentándose como la mayor amenaza para el continuismo. En las pasadas elecciones municipales de octubre, el gobierno perdió en las principales ciudades con candidatos de izquierda, como Bogotá –nuevamente conquistada por el Polo Democrático–, Medellín y Cali. Se demuestra así cómo en general las políticas gubernamentales de Uribe –que apoyó a los candidatos derrotados– no cuentan con el favor popular, por lo que requiere la polarización con las guerrillas para intentar perpetuarse en la presidencia. Este gobernante nació de la violencia y sabe que su sobrevivencia depende de que ésta no termine.

 
     
 

La oportunidad de desbloquear la propuesta de las FARC e intercambiar presos de la guerrilla por detenidos del gobierno, revela el papel de cada régimen del continente, muestra quién quiere soluciones pacíficas, democráticas para las crisis, y quién desea perpetuar la espiral de violencia. La situación pudo ser desbloqueada gracias a la actuación del presidente de Venezuela, Hugo Chávez. Cuando el proceso avanzaba, Uribe utilizó un pretexto secundario para excluirlo de la negociación, al comprender que la intermediación de éste había demostrado la credibilidad necesaria para que el acuerdo pudiera concretarse, al contar con la confianza de los familiares de los presos, la interlocución con las FARC, la capacidad de iniciativa y la simpatía de sectores democráticos de Colombia y varios gobiernos regionales.

Las FARC recolocaron al presidente venezolano en las negociaciones –para disgusto de Uribe–, y entregaron los detenidos a Chávez como forma de desagravio a éste, frente a la actitud excluyente del presidente colombiano. Ese primer gesto abrió el camino para que todos los presos pudieran ser intercambiados, permitiendo al venezolano confirmar su capacidad de iniciativa política y de movilización de apoyos, revelando el papel de cada actor en el continente.

En cuanto a los gobiernos estadounidenses y colombiano, y a la gran prensa, hicieron todo lo que pudieron para que las negociaciones fracasaran, en tanto que mandatarios de Venezuela, Brasil, Argentina, Bolivia, Cuba y Ecuador –con apoyo europeo– alentaron activamente el proceso de pacificación y liberación de los presos de ambos lados. (La cobertura de la prensa brasileña fue vergonzosa, sin que ninguna publicación escrita enviara periodistas para reportar directamente desde Colombia). Néstor Kirchner y Marco Aurelio García (de Brasil) representaron a los gobiernos de sus países, mereciendo el apoyo de la izquierda y la simpatía de sectores democráticos, que –sin embargo– siempre siguieron pasivamente los acontecimientos.

Exhibiendo su compromiso consecuente con la pacificación, primer paso para que otra Colombia –sin violencia, narcotráfico, paramilitares o secuestros– sea posible, Hugo Chávez se dispuso a dar continuidad a las negociaciones, apelando incluso a operaciones clandestinas, con tal de conseguir la libertad de los presos.

La liberación de rehenes bifurca el destino de Colombia. Un futuro de pacificación, soluciones negociadas, democratización e integración continental, o la perpetuación del clima de violencia y de guerra. Con la primera alternativa está gran parte de los gobiernos de la región, que pueden contar con el acompañamiento mayoritario del pueblo colombiano, identificado con los familiares de los presos. Con la segunda, están Estados Unidos y el gobierno colombiano. Una solución futura de liberación de todos los secuestrados apunta a otra Colombia posible y necesaria, para su pueblo y para todo el continente.

 
     
 
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Emir Sader es Sociólogo. Director del Laboratorio de Políticas Públicas y actual Secretario Ejecutivo del Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (CLACSO).
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Traducción: Rubén Montedónico
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Publicado en el diario La Jornada de México
Lunes 14 de Enero de 2008
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Una victoria del derecho humanitario

 
 
Gabriel Puricelli
 
     
 

La liberación de Clara Rojas y de Consuelo González de su cautiverio en manos de las FARC es una victoria del derecho humanitario, antes que la de ningún líder sobre otro. Sobre la base del resultado alcanzado, se impone para los gobiernos latinoamericanos implicados en las gestiones la tarea de trabajar junto al gobierno colombiano y a las FARC para lograr que los principios bajo los cuales se produjo este avance sean respetados a rajatabla en el futuro por las partes en conflicto, con vistas a erradicar este tipo de prácticas odiosas del conflicto interno colombiano.

El desenlace de esta gestión (el que anticipara el asesor de Lula, Marco Aurelio García, a su regreso de la selva colombiana), se debe a la perseverancia de los actores que han construido con las FARC el mínimo vínculo de confianza recíproca necesario para tener los canales de comunicación que las partes colombianas se han encargado de dinamitar. Tanto Hugo Chávez como en particular el gobierno brasileño han creado canales para tener el contacto indispensable con un actor beligerante cuyo control territorial parcial se da en áreas vecinas a Venezuela y Brasil.

Las relaciones de Chávez (consentidas de mala gana por su colega Álvaro Uribe), aunque más visibles, son más recientes que las que el PT brasileño (del que Marco Aurelio fue durante años secretario de Relaciones Internacionales) ha mantenido durante casi dos décadas, entre otros ámbitos, en el marco del pluripartidario y plurinacional Foro de San Pablo. No se trata en ninguno de los dos casos de una adhesión a la antigua y metamorfoseada lucha de las FARC, sino de la creación y mantenimiento de canales "diplomáticos" que vinculan a una realidad que no puede ser erradicada porque es la manifestación contemporánea de un conflicto que es constitutivo de Colombia.

Al igual que en los '80 con el Grupo de Contadora, que en los '90 con el conflicto peruano-ecuatoriano, que hace meses nada más en la crisis boliviana, las democracias sudamericanas asumen como propio un problema que desestabiliza la región y cuya condición endémica invita a un intervencionismo que las más de las veces ha prescindido de invitaciones.

La violación flagrante de los derechos humanos de Emmanuel Rojas por las FARC y la ostensible intención de Uribe de dinamitar esta hoy exitosa operación al no hacer cesar la actividad de sus fuerzas militares durante las vísperas de fin de año, cuando la comisión de garantes internacionales se hallaba en el sur colombiano, demuestran cuán lejos se está de la paz. Pero aun frente a esos obstáculos, el esfuerzo concertado de gobiernos amigos del pueblo colombiano puede crear condiciones humanitarias que restituyan derechos y libertades. Ese poder benigno y el creciente éxito de la izquierda del Polo Democrático Alternativo en la lucha electoral colombiana deberían empezar a ser vistos con respeto y atención por los actores que en Colombia se han rendido a la lógica de la guerra y disfrutan de sus dividendos.

 
     
 
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Gabriel Puricelli es Sociólogo y Co-Coordinador del Programa de Política Internacional del LPP.
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Publicado en el diario Página 12 de Argentina
Sábado 12 de Enero de 2008
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Medida positiva

 
 
Rafael Gentili
 
     
 

“Nos parece una medida positiva que se inscribe en la necesidad de recuperar una tradición de las mejores en la diplomacia argentina como mediar en cuestiones humanitarias y solución de conflictos, tanto entre países vecinos como internos en los países de la región. Por otra parte, se inscribe en el marco de una política conjunta con Brasil y responde también al pedido expreso de Sarkozy cuando todavía Néstor Kirchner era presidente. Es una muestra de respaldo político importante a una acción humanitaria, bien intencionada y necesaria para destrabar un conflicto.

El asunto es mucho más complejo como para reducirlo a réditos políticos fugaces. Lo que está claro es que no hay solución al problema de los rehenes en Colombia sin la participación de Chávez. Es el único hombre que genera confianza a quienes tienen cautivos a la gente y es respaldado por gente que no tiene ninguna afinidad ideológica con esa persona como Sarkozy. Después está el estilo personal de cada uno, a Chávez le gusta el despliegue mediático, que lo quiera utilizar para su política interna puede ser, como lo utiliza Uribe y como lo utilizan todos. Eso es parte de la lógica política pero no creo que por eso sea reprochable. Lo cierto es que las FARC quieren liberar a estas personas sin poner en riesgo la vida de su gente. Está claro que el Estado colombiano no garantizó eso.”

 
     

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Rafael Gentili es Abogado y Co-Coordinador del Programa de Política Internacional del LPP.

 

 

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Publicado en el diario Página 12 de Argentina
Jueves 03 de Enero de 2008
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